Después de aprovisionarnos de agua y gasoil a tope, en las proximidades de Bou Lanouar tomamos la pista que discurre paralela a la vía del ferrocarril que transporta el mineral desde las minas de Zouerat hasta Nouadhubou. Esta pista nos iba a llevar hasta El monolito de Ben Amira (según parece el segundo por tamaño del mundo), en donde planeábamos hacer un alto de varios días. Siguiendo el planteamiento que nos habíamos fijado, rodábamos desde las nueve de la mañana hasta algo más de mediodía y nos deteníamos en algún entorno particularmente agradable y bonito hasta el día siguiente. De esta forma en cuatro etapas llegamos hasta Ben Amira y acampamos a sotavento de la gran roca (el viento seguía fastidiando a fondo).
Allí pasamos tres días de paseos, buenas comidas, algunas reparaciones e incluso, en un Land Rover conducido por un local, nos acercamos a otra gran roca cercana, conocida como Aisha a cuyo alrededor alguien se dedicó hace algunos años a esculpir las rocas dejando unas cuantas obras curiosas de ver y de las que no podemos decir mucho porque no hemos encontrado información al respecto.
La pista, que hasta allí resultó bastante dura debido a la gran acumulación de arena que encontramos en muchos pasos, no desmereció nada en cuanto a dureza a partir de Ben Amira, al menos durante los primeros kilómetros que aun hicimos siguiendo la línea férrea y solamente cuando nos desviamos hacia el sureste rodando campo (es un decir) a través evitando el nada agradable paso por la zona de Choum, pudimos rodar con más comodidad y disfrutar de la navegación pura hasta encontrar la que ahora es una carretera asfaltada que une Atar y Zouerat y que hace algunos años era una terrible pista por culpa de la maldita “tôle indulée”.
Llegados a Atar, tocó aprovisionarse de todo: agua, gas oil y alimentos con vista a la siguiente etapa que se presentaba como más larga y dura desde la propia Atar hasta el oasis de El Beyed, Er Richat (el ojo de África), Ouadane y Chonguetti, pero eso será objeto de otro post.

