¡Llegamos a Mauritania!

Habíamos pasado la noche en un rincón del desierto muy próximo a la frontera de Mauritania con Marruecos.

La frontera, como es habitual, pesada, caótica y lenta, muy lenta. En honor a la verdad, comentaremos que la salida de Marruecos se hizo bastante bien y que la mitad de los famosísimos cinco kilómetros de tierra de nadie (suponemos que la perteneciente a Marruecos), que no hace mucho había que recorrer sin salirse de las rodadas porque todo alrededor estaba (y probablemente está) sembrado de minas, está por fin asfaltada. No así la parte mauritana que sigue siendo un auténtico trial.

En la frontera de este país, a pesar de que han adoptado modernidades tales como que el visado hay que obtenerlo online, todo sigue igual. Más de cuatro horas de ventanilla en ventanilla y todo ello acompañados por un fixer (algo caro), porque si lo intentas solo, al final lo consigues, pero a base de mucho más tiempo.

Con los trámites resueltos, unos mejor que otros, recorrimos poco más de la mitad del camino a Nouadhibou hasta un lugar al lado de la bahía que habíamos elegido como ideal para pasar en él las fechas de Fin de Año.

El lugar resultó agradable, pocos espontáneos que dieran la vara y una muy agradable velada de Fin de Año con conexión vía internet con la Puerta del Sol y allí estábamos: cinco alemanes, un suizo, una ecuatoriana (ya un poco española) y dos españoles con un cestito de papel aluminio en la mano con doce uvas dentro, alrededor de un PC en el que estaban a punto de sonar las campanadas desde Madrid: tin, tin, tin, tin, ¡Wait, wait! , ¡Dong!, ¡now!, dong, dong…

Este año, las doce uvas fueron también die zwölf Trauben.

Pasamos unos días en un pueblecito al otro lado de Nouadhibou hacia el Cap Blanc que responde al curioso nombre de Cansado, para visitar la porción del Parque Nacional Banc d’Arguin que ocupa la punta de la península, a donde llegamos con nuestras bicicletas.

Desde allí, tres jornadas, la última de las cuales totalmente sobre arena y en ocasiones fuera de pista, para llegar al Centro de Recepción del mencionado Parque.

Finalmente, lo poco adecuado de las instalaciones, el abuso en los precios y lo absolutamente desagradable del personal que nos recibió, hizo que nos fuéramos a acampar en otro lugar de la costa, arriesgándonos a que nos invitaran a marchar, ya que está prohibida la acampada fuera de lo que ellos llaman camping, pues según parce, los camiones y también la acampada libre causan un impacto muy importante en el Parque. Parece ser que los miles, literalmente, de toneladas de basura repartida por la costa sobre la que viven cientos de aves que allí hacen escala en sus migraciones, no causa impacto en la naturaleza.

La parte más curiosa de todo esto es que el Parque está declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, y nosotros nos preguntábamos por qué razón la Unesco presta su nombre sin mantener ningún control sobre los bienes acogidos a su amparo.

Personalmente, me cabrea bastante que en la misma lista en la que aparece el Parque Nacional Banc d’Arguin, está el Parque Nacional Coto de Doñana, el de Ordesa y Monte Perdido o, por qué no decirlo, La Alhambra de Granada.

Inconcebible. Claro que si no entran camiones camper y no se pernocta fuera de las pocilgas que ellos llaman camping, lo demás no causa impacto…

El día iba a acabar mal: a las diez de la noche, noche cerrada, la policía nos desalojó y tuvimos que recorrer los treintaicinco kilómetros de arena hasta la salida del Parque y pagar la tarifa de la visita, porque la línea que delimita el parque no está en donde ellos te quieren cobrar, sino esos treintaicinco kilómetros antes.

Creo que lo voy a dejar aquí para evitar soltar alguna palabra gruesa, porque apetecer, me apetece hacerlo.

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