Cruzamos la Sierra Tarahumara de sur a norte.

Trece días recorriendo los rincones que son el hábitat de la etnia Tarahumara, alrededor de 50.000 personas que hablan su propia lengua y ocupan los imponentes cañones de la Sierra Madre occidental en el estado de Chihuahua. Fue tierra de misión de los jesuitas pero éstos no consiguieron transformar mucho sus creencias tradicionales y más bien se produjo un sincretismo entre el cristianismo y esas creencias. Aun hoy día viven en condiciones precarias, con comunicaciones muy difíciles y, por supuesto, por caminos de herradura. En una de nuestras excursiones conocimos a Leonardo, el cual guiando tres borricos cargados se dirigía de vuelta a casa probablemente después de vender el magro producto de sus tierras. Magy le preguntó dónde estaba su casa y él señaló unas tierras de labor situadas al otro lado de un profundísimo cañón, en un sitio magnífico desde el punto de vista estético, pero al que, a pesar de que casi lo podíamos tocar con la mano, nos dijo que llegaría después del mediodía del día siguiente. Cuando nos comentó esto eran las once de la mañana.

Dormimos la primera noche en un precioso rincón fuera de la vista de la carretera y con luna llena. Silencio, soledad y magnífico paisaje. Y hablando de soledad, ésta es la palabra que define mejor lo que vivimos estos días. Decenas y decenas de kilómetros sin ver a nadie ni cruzar ningún otro vehículo.

El primer alto con visita lo hicimos cerca de la localidad de Guachochi, en una especie de parque situado en una inmensa propiedad privada dentro de la que está la Barranca de La Sinforosa a la que tuvimos el coraje de descender al día siguiente. Cuatro horas por una senda mala hasta para las cabras, cruzando un puente colgante no apto para gente con vértigo y con una cascada mermada de agua al final llamada Rosalinda.

Después recorrimos la Barranca de Batopilas cuya carretera desciende prácticamente 1000 metros en un desplazamiento de 10 km. Magnífica acampada a la orilla del río del mismo nombre.

De vuelta a la carreta principal y próxima a ella hicimos un alto de dos noches en la cascada de Cusárare, que tenía poca agua, pero está en un bonito entorno.

Dos noches más a la orilla del lago de Arareco al que intentamos dar la vuelta caminando, pero que nos lo puso difícil.

El punto culminante lo constituían las Barrancas del Cobre. Un vasto territorio de profundas gargantas en las que se ha instalado un parque que cuenta con un teleférico, vía ferrata y un recorrido de siete tirolinas amén de antiestéticos hoteles muy difíciles de hurtar a la vista.

Dos agradables caminatas en días consecutivos nos permitieron muy bonitas vistas de los cañones intentando no ver las instalaciones que estropean la perspectiva.

Ya terminando el recorrido de la Sierra, una última visita nos llevó a la cascada de Basaseachi, situada en un espectacular escenario y como las otras con el caudal un poco mermado.

Fantásticos días para las caminatas, serenar el espíritu y no tan buenos para el pobre camión (y el conductor y la copiloto) a causa de lo quebrado de las carreteras.

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