COMENZAMOS LA RUTA HACIA EL NORTE A TRAVÉS DE BAJA CALIFORNIA

Terminado el recorrido al sur de La Paz tomamos rumbo norte para recorrer los más de mil kilómetros que nos separaban de Tijuana en la frontera con Estados Unidos.

El planteamiento de mantener la media de cincuenta kilómetros diarios de desplazamiento se vio favorecido por la circunstancia en la que vivimos al estar cerrada la frontera terrestre entre los dos países al menos hasta el 21 de marzo, lo cual permitió rodar más relajadamente por una carretera en su mayor parte muy estrecha (3,10 m por carril),  sin arcenes y construida sobre una plataforma con taludes a ambos lados por la que circulan un buen número de semirremolques en algunos casos con dos unidades enganchadas.

Por esta razón, fuimos eligiendo playas para hacer los altos,  ora en la costa oeste, ora en la este según la proximidad a uno u otro lado de la carretera que recorre la península de sur a norte.

De esta forma fuimos conociendo diversos arenales, algunos con acceso fácil desde la ruta y en otros casos con largos (y en ocasiones difíciles) desplazamientos por pistas arenosas hasta el lugar elegido en donde Ximielga dio la talla como no podía ser de otra forma.

Playas como El Conejo, Altamira, el Requesón, Loreto y otras varias fueron puntos de acampada de una o dos noches, siempre agradables, no siempre muy limpias y más bonitas las del lado del Mar de Cortés que las del Pacífico.

También algunos altos en pueblos como Mulegé y Loreto hasta llegar a la Laguna Ojo de Liebre, un precioso estuario convertido en un Parque Natural muy bien planificado en donde tuvimos para nosotros solos una especie de terraza sobre la playa con vistas espectaculares incluyendo ballenas y razonablemente limpio.

Meteorológicamente disfrutamos de tiempo seco, con noches frescas y días con temperaturas agradables, aunque frecuentemente el fuerte viento nos recluyó temprano.

Después de la laguna Ojo de Liebre, pasamos otra noche entre dunas de arena blanca y el mar, en un precioso lugar a las afueras de Guerrero Negro y a partir de allí llegaron las que, para nosotros, serían las jornadas más bonitas atravesando el desierto Central de California, rodando a través de parajes solitarios entre bosques de cactus del llamado candelabro, que da una gran personalidad a esta zona, y muchos otros, haciendo desplazamientos de 50 ó 60 Km cada día para encontrar a media mañana una desviación hacia una de las múltiples pistas de arena que se adentran entre los cactus. Por estos caminos nos aparatábamos 2 ó 3 km de la carretera hasta algún precioso claro en el que instalarnos para uno ó dos días.

Silenciosos y agradables paseos por la zona, una fogata para cocinar y todo el tiempo del mundo para la fotografía, volar el dron y contemplar bonitas puestas de sol, coyotes, colibríes, cascabeles y otros muchos, fueron la tónica de varias de estas jornadas.

Ya con todas las reservas al mínimo (gasóleo con casi 500 km sin estaciones, víveres, agua, etc.) dado lo desértico (literalmente) de la zona, llegamos a El Rosario, el pueblo en el que reencontramos el Pacífico y en donde pudimos reponer todas nuestras carencias sin problemas.

Pasamos después una noche un poco accidentada pues decidimos instalarnos en una cala al borde del mar y cuando ya había anochecido, un olor a humo nos hizo salir de casa para comprobar que un tipo al que habíamos visto pasar por la playa a horas ya intempestivas, había prendido fuego a los matorrales alrededor del camión. Pensamos que era un perturbado y decidimos desplazarnos hasta la parte alta del acantilado para pasar la noche, que finalmente fue tranquila y silenciosa, aunque al amanecer nos esperaba de nuevo la mala noticia de una nueva prórroga del cierre de la frontera por, al menos, un mes más.

Pasamos por Ensenada en donde estuvimos dos noches con nuestros amigos Lucia y Simone y continuamos viaje hasta el valle de Guadalupe con la intención de aprovisionarnos de vino, buscando uno en concreto que habíamos probado y cuya relación  calidad-precio nos pareció bien, siempre teniendo en cuenta que el precio es superior al de España y la calidad es buena pero no se corresponde con ese precio en nuestra escala de valores.

 Pasamos dos noches en el valle de Ruso, muy cerca de la bodega que produce el vino que deseábamos, acampando junto a Marisa y Serafín, una pareja mejicana con la que ya habíamos compartido otra acampada en Mulegé.

Desde allí salimos hasta Tijuana para comprar el vino en la boutique de la bodega situada en esa ciudad y, de nuevo en marcha, recalamos en Tecate, al lado de la frontera por la que nos recomendaron pasar a EE.UU. y en donde nos tuvimos que enfrentar a la decisión sobre qué hacer, acampando casi a la sombra del ominoso muro de Trump, lo que no ayudaba a mantener el ánimo. Diseñamos varias estrategias para intentar que nos dejaran pasar y al final con la visita de Horacio, un tecatense con su BMW GS que vino a conocernos y sobre todo a conocer el camión y que se presentó con dos cajas de burritos de camarón de su propio restaurante (se llama Cempoalli) que estaban extraordinarios, supimos que el 16 de Abril se celebraría cerca de allí uno de los tres raids de Baja California, el denominado Baja 250, lo que nos ayudó a decidirnos por esperar casi un mes más, ver la carrera y después, si volvieran a prorrogar el cierre, intentar “colársela” a los americanos o definitivamente tomar la dolorosa decisión de retornar a casa.

En fin, asistir a la Baja 250 va a hacer que la espera compense. En el próximo post os contaremos algo sobre el evento y esperamos poder deciros que por fin abren la frontera.

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