La aventura de los Esteros del Iberá

Una estancia muy agradable en Posadas con cena de Nochebuena
en un restaurante del centro que estuvo simpática y el día de Navidad salimos
con destino Esteros del Iberá.  Sabíamos
que nos esperaban alrededor de 145 kilómetros de pista en un estado incierto
que resultaron aceptables en sus noventa primeros y bastante incómodos en los
restantes, con zonas inundadas en las que no podíamos ver en donde pisaban las
ruedas. A media tarde llegamos al pueblo de Colonia Carlos Pellegrini en el que
está la entrada del Parque. El bonito camping municipal, a la orilla de la
laguna Brillante tiene un dintel en la puerta que era demasiado bajo para
nuestro camión. Una genialidad que vemos con mucha frecuencia y que nos obligó
a quedarnos fuera de la instalación. La temperatura durante la noche fue
realmente terrible y se hizo muy difícil dormir.
Por la mañana nos acercamos al Parque para visitarlo aunque
hubo que esperar a que escampara una respetable tormenta que tras descargar dejó
un ambiente muy pesado de calor húmedo. Aún así hicimos varios de los
recorridos previstos que nos permitieron ver uno de los últimos reductos del
llamado bosque atlántico que queda en esta zona. Sin embargo, suponemos que
debido al calor, no pudimos avistar mucha fauna que según nos dijeron está
presente en el Parque.
Ante la perspectiva de permanecer con el camión al sol,
decidimos posponer la comida e iniciamos el recorrido de salida continuando la
pista con dirección a la ciudad de Mercedas, a 140 kilómetros de allí, los
treinta últimos asfaltados.
Después de recorrer alguna distancia encontramos un pequeño
rincón al borde de la pista con unos árboles que nos permitieron situar el
camión a la sombra y hacer un alto para comer que al resultar muy agradable nos
hizo tomar la decisión de quedarnos a pasar el resto del día. Esta decisión
resultó equivocada al no contar con la tormenta más espectacular que nunca
habíamos vivido, con vientos que balanceaban el camión como si fuera una hoja
de papel, el cielo literalmente iluminado de forma permanente por los
relámpagos y un aguacero de proporciones nunca vistas.
La tormenta duró algo más de dos horas durante las que fue
imposible estar en la cama, Pilar se mareaba con el balanceo del camión y el
ruido del viento en los árboles era ensordecedor.
Afortunadamente, al ver venir la tempestad, por precaución
habíamos sacado el vehículo de debajo de los árboles porque si no las ramas lo
hubieran golpeado con violencia.
La tormenta pasó, pero la aventura no había hecho más que
empezar: la enorme cantidad de agua caída había convertido la pista en un
barrizal difícilmente transitable. Tras unos comienzos complicados encontramos
el truco para poder salir de allí: tracción 4×4, reductora, bloqueo del
diferencial trasero y una infinita paciencia para rodar muy lento metiendo  las ruedas de un costado en una de las
roderas que la pista presentaba a fin de conseguir que el desplazamiento fuera
guiado por el carril. De esta forma, recorrer los cincuenta kilómetros que
restaban hasta encontrar el asfalto nos costó casi tres horas y aunque Pilar lo
pasó muy mal, al final todo acabó felizmente con dos lecciones aprendidas: Si
puede llover, no dejes para mañana un recorrido que se puede embarrar y la
segunda, para conducir sobre barro nunca hay que pretender llevar el camión por
los lomos de las marcas del suelo, sino que hay que meter una rueda (o las dos
si es posible) en las huellas que ya estén hechas por el paso de otros
vehículos.

Una vez sobre el asfalto rodamos hasta Mercedes en donde
hicimos un alto para algunas compras y continuamos viaje hasta Paso de los
Libres en la frontera con Brasil en donde terminamos de aprovisionarnos (sobre
todo de vino) y pasamos una agradable noche en la costanera del río Uruguay.

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