Casi una semana por la fascinante Meteora.

Una vez visitado Delfos teníamos nuestro próximo objetivo en Meteora, la zona de los monasterios construidos en la cima de rocas de paredes verticales que constituyen un paisaje realmente impresionante.

Hicimos el camino en tres etapas con una primera parada en la zona del Paso de las Termópilas que en realidad no tiene más que el nombre y el recuerdo de la famosa batalla en la que 300 espartanos consiguieron retener por algún tiempo al tremendo ejército invasor al mando de Jerjes.

Al lado de la zona en la que acampamos hay un nacedero con un importante caudal de agua sulfurosa que surge de la montaña a 40 grados y en el que es posible bañarse.

Realizamos una segunda parada en Nea Monastiri, al lado de las ruinas de una fortaleza que pudimos visitar libremente.

Y en la mañana del siguiente día llegamos a Meteora para encontrar un lugar para acampar que pasará a uno de los primeros lugares en el ranking de sitios agradables en los que hemos hecho noche. Además de estar en pleno monte con uno de los monasterios, Agias Triadas (Santísima Trinidad), a la vista desde el camión, en una zona donde “las hordas” invaden a diario cada rincón, nosotros pasamos seis días sin que nadie pasase siquiera cerca de nuestro campamento.

Desde allí, hicimos las visitas de dos de los monasterios: Moni Megalou Meteorou y Moni Vaarlas e incluso bajamos al mercadillo de los viernes que se instala en el pueblo más cercano, Kalambaca, a cinco kilómetros, montados en nuestros patinetes. Bueno la ida, cuesta abajo montados, la vuelta utilizando un sistema mixto, en los tramos con pendiente razonable los cacharros dieron la talla, pero cuando la cosa se ponía en el 10% de pendiente, el mío un poco antes y el de Magy un poco después pedían un poco de ayuda.

Todos los monasterios tienen una estructura similar con un patio central rodeado por las celdas de los monjes, alguna capilla y el refectorio. En el centro se levanta la iglesia llamada Katholicon y desde la década de 1920 se accede a ellos por escaleras talladas en la roca. En sus orígenes, allá por el siglo XIV, el acceso se hacía con escalas de cuerda e ingeniosos sistemas de redes colgadas.

La idea de construir estos cenobios en lugares tan inaccesibles es la respuesta a la invasión otomana y el avance del Islam, ya que esa inaccesibilidad permitía resguardarse a los monjes con un cierto nivel de seguridad.

Fue una etapa de la que nos despedimos con nostalgia.

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