Cataratas de Iguazú. Dos puntos de vista: brasileño y argentino.

Una maravilla de la naturaleza y
una explotación turística aberrante.
Algo más de una jornada en un
aceptable camping de Foz de Iguazú (Brasil) nos puso en forma para el primer
asalto al parque de las cataratas.
Llegamos a media tarde para
comprobar que de todo lo conocido por los apuntes del foro Le lien AmSud ya no
queda nada. No se puede acampar en ningún sitio que no sea una instalación en
un estado deplorable a la que llaman camping y cuyo precio corresponde al de
cualquier camping de la Costa Brava, pero obligado te veas y allí nos quedamos.
Lluvia toda la noche y tiempo inestable al comenzar la visita.
El precio de la entrada
escandaloso y si realizas alguna visita adicional dentro del Parque fuera del recorrido general tiene precio aparte. La entrada está a unos 7 km del inicio del recorrido hacia
la Garganta del Diablo. Este trayecto hay que hacerlo en un autobús (precio
incluido en la entrada).
Nada más bajar del autobús la
lluvia vuelve a hacer acto de presencia, pero como hace calor se soporta bien.
La primera vista de las cataratas
es sobrecogedora. La extensión, las alturas y los caudales de agua son
impresionantes. Un camino bien acondicionado nos va conduciendo por la orilla
brasileña con miradores para asomarse. Cada nueva perspectiva es mejor que la
anterior.
Cuando llegamos a la pasarela que
nos situó en medio de la garganta del Diablo ya llovía con apreciable
intensidad, pero la mojadura importante es del agua que salpican las caídas.
Desde allí, un elevador sube a un
mirador elevado sobre las cataratas que ofrece una magnífica vista.
Teniendo en cuenta que al día
siguiente íbamos a hacer la visita desde el lado argentino y lo desapacible del
día, a primera hora de la tarde tomamos el autobús de vuelta al camping en el
que pasamos una segunda noche.
Por la mañana de un día despejado
y ya caluroso, cuando Pilar se va a subir al camión pone el pie en algo que por
aquí llaman  “la corrección“ y que no es otra cosa
que un hormiguero tan masivo que un pie puesto en él durante un segundo
equivale a una invasión de la pierna de varias decenas de hormigas pequeñas y rojas que, aunque
no tienen veneno, muerden y hacen daño. Yo me bajé del camión para ayudar sin saber exactamente que le pasaba,  puse mi pie en «la corrección» y también fui invadido. Baste decir que hacía mucho tiempo que no
bailábamos tanto tiempo los dos juntos.
Solucionado el problema de la
marabunta, arrancamos para pasar la frontera entre Brasil y Argentina que se
consiguió muy rápidamente.
Unos cuantos kilómetros nos ponen
en la entrada del Parque Iguazú del lado argentino.
Más de lo mismo: no hay
posibilidad de acampar. El parking, al sol, 10 € y la entrada escandalosamente
cara.
Nada que decir en cambio de las
cataratas. Si el lado brasileño es fantástico, el argentino no tiene nada que
envidiar. Hicimos los dos recorridos posibles ya que un tercero, el de la garganta del
Diablo, estaba cerrado a causa de una crecida. El espectáculo es realmente indescriptible. Nos habíamos llevado unos bocadillos para comer allí y el día resultó muy bueno.

Al terminar la visita y no ser posible pernoctar en el aparcamiento a pesar del precio, hicimos algunos kilómetros por la ruta 12 en dirección a las misiones jesuíticas de Argentina y encontramos un buen rincón para hacer noche.

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